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sábado, 19 de febrero de 2011

Luali Lehsen "Yo y los otros"

Pequeñas pinceladas de la vida de toda una generación de saharauis.

No tengo una fecha de nacimiento precisa. Cuando nací los años aún no se bautizaban con números, sino con nombres. El derrumbe de Anaguim, la invasión de las langostas o el viento rojo, son nombres de años que escuche mentar muchas veces en las conversaciones de mis mayores para situar algunos recuerdos de nuestra vida. Deduzco de esos recuerdos que yo llegue a este mundo a finales de 1971 o principios del 72, porque mis padres utilizan el referente del levantamiento de Zemla, 17 de junio de 1970, para situar el final de la lactancia del hermano que me antecede. En el lugar si embargo no hay dudas, Aalab Argad (los dunales del sueño), un pequeño paraje en el corazón de Tiris. Por cierto no lo conozco porque es uno de los tantos sitios que ha tragado la voracidad del muro marroquí.

De mi primera infancia no recuerdo prácticamente nada salvo borrosas imágenes que se diluyen en la lejanía de los convulsos principios de los años setenta. La nebulosa visión de unas cabras que se le perdieron a mi padre y que encontró atrapadas y agonizando en un charco de chapapote a un costado de la primera carretera asfaltada que unía el Aaiun con Bucraa, el rugir de la cinta transportadora de fosfatos atrapada en el sopor de su polvareda y un agradable paseo en una calle imprecisa y de la mano de alguien, también, impreciso, son imágenes sin rostro de un mundo que nació en el parto.

Esta primera porción de mi vida, coincide con la decisión de mi familia de hacer un paréntesis en su remoto peregrinar por el desierto y sedentarizarse bajo el cobijo de la incipiente capital administrativa de la provincia española del Sahara. De repente sus planes se vieron truncados por el estrepitoso rugir de los tambores de la guerra.

Entonces la RASD se murmuraba en voz baja en los barrios periféricos del Aaiun colonial, o corría como un shi-tari (novedad) entre los firgan de Tiris o Zemur. Vivíamos ajenos a los macro acontecimientos que marcarían para siempre nuestras vidas: la agonía de franco, el despertar de España y la muerte del Sahara.

En medio de un clima de confusión y miedo comenzó nuestro éxodo.

Los más pequeños vimos por primera vez pájaros de hierro escupiendo fuego sobre nuestras familias, que huían del terror de la guerra de cañones a dolor de la lucha de supervivencia en el exilio. Empezamos a convivir con el fusil como un utensilio más de la casa.

En aquellas aciagas circunstancias nació el frente POLISARIO, un par de años menor que todos nosotros, pero lo creíamos un gigante, un homínido de proporciones desmesuradas. Solíamos ver como huellas suyas las depresiones del páramo donde se asentaron los primeros campamentos. Estaba por todas partes. Era como un dios menor.

El impacto iniciático del exilio y nuestra fantasía infantil compaginaron de maravilla. Nos perdíamos entre los dunales persiguiendo lagartos. Todo era novedoso, virgen. Pero aquello no duró mucho. El terror de la guerra anidó en el los ojos de nuestras madres, cuando empezaron a llegar noticias de grandes victorias desde el frente, mezcladas con las de la perdida de seres queridos, como mártires de la revolución, o cuando jugábamos al escondite en la trincheras cada vez que pasaba algún avión.

Muchos de mis amigos de de juego de entonces pasaron “a mejor vida” fulminados por la voracidad del sarampión, fueron los abanderados de la inauguración de los primeros cementerios del exilio. Algunos nos salvamos de milagro. Comprendí lo que era la muerte, porque empezó a ser uno de los posibles ocasos del día.

Una noche me dormí con seis años y cuando amaneció ya era un hombre. A esa edad, fui internado en una escuela en medio de la nada. Compartí el primer pupitre, el primer lápiz, las primeras carencias y las primeras nostalgias con otros mil niños.

Creíamos que estábamos solos en el mundo. Esa soledad habría de perpetuarse por mucho tiempo.

El internado era como un barco varado en medio de un mar de arena. Cada día era una novedad. Pasábamos hambre, miedo y otras inclemencias de la edad. Pero lo más curioso es, que visto desde aquí, el perfil general de mis recuerdos de entonces es de felicidad. Quizás sea porque un niño es capaz de ser feliz en medio del infierno.

Cuba es otra estación en mi vida. Allí vislumbré la infinita majestuosidad del océano que, del otro lado, baña las costas de nuestra tierra. El océano que nos mantendría por largo tiempo alejados de nuestros seres queridos. Vivíamos como en otra envoltura del exilio.

Llegamos a la isla de pinos el 7 de octubre de 1982, tendría entonces unos diez años. A esa edad el cambio de la maldita Hamada, insípida y desolada, al intenso verdor de cuba, supuso una embriagadora experiencia que marcaría para siempre mi vida. Allí aprendimos que hay lugares donde puede llover todo un año, que el desierto es selva a su manera, que el amor es siempre uno de los posibles olores del día. Aprehendimos que saharaui es la sangre que riega nuestras almas.

Allí a miles de kilómetros seguíamos oliendo la pólvora en el horizonte, nos llegaba el llanto de la guerra, llorábamos en silencio el dolor de la patria. Con el consuelo de una docena de cartas que recibí durante los 15 años ininterrumpidos que duró mi estancia y el corazón anclado en mi grupo de amigos pude completar toda mi formación. En algún momento de mis últimos años en cuba me asaltó la preocupación d verter el peso del alma en el vacío del papel. El sujeto lírico, en un principio, eran las lagrimas huérfanas, la lejanía de los seres amados y la ausencia de un hogar, al que no llegaba siquiera el vuelo de los sueños.

De vuelta al exilio, me impacto como habían crecido los campamentos, pero también los cementerios. El tiempo parecía haber estado detenido, la guerra también lo parecía. Los fusiles dormían y las cicatrices de la guerra ardían bajo el soplo de los sirocos reñidos.

Ahora el protagonista es un dolor persistente e informe que leo en los ojos de la gente que se le va cansando la esperanza. O respiro en este polvo que ahoga la sonrisa infantil. Es quizás la rutina de los días que se repiten sin misericordia y mueren sin perspectiva.

viernes, 26 de noviembre de 2010

viernes, noviembre 12, 2010

Emoción poética: la palabra y la imagen de un pueblo





La jornada del miércoles 10 de noviembre, se puede calificar de emotiva. Tras los acontecimientos de los últimos días y la masiva respuesta a la concentración del martes, los organizadores del acto creíamos que estaríamos solos en la sala. Nada más allá de la realidad. Éramos unas cuarenta personas.

Israel Morales, compañero de la Asamblea por el Sáhara Occidental de la Universidad de Alicante (ASOUA), presentó a los integrantes de la mesa, expresando brevemente nuestra condena a la brutalidad marroquí.

La primera persona que hizo uso de la palabra fue Dulcinea Tomás, cuyo largo currículum académico (filóloga, historiadora, antropóloga cultural y, actualmente, integrante del grupo de I+D "Literatura africana en castellano: mediación literaria y hospitalidad poética desde los 90" de la Universidad de Alicante) no le impidió describir con absoluta sensibilidad la trayectoria de la literatura saharaui. Rindió un afectivo homenaje a la oralidad en hasanía de este pueblo, para después acercarnos a la literatura en castellano con una complicidad que su mirada era incapaz de ocultar, en especial cuando leía algún fragmento o algún cuento en prosa. Reiteró el desinterés vergonzante de la Academia Española de la Lengua, cuyo representante en el exterior es el Instituto Cervantes, sobre la literatura en castellano de los pueblos africanos, entre los que se encuentra el pueblo saharaui; lengua que no es un simple vehículo de locución, si no que encierra toda la simbología de la resistencia frente al invasor marroquí de lengua francesa y de su hermandad con el pueblo español. Matizó el carácter político y social del nacimiento de la Generación de la Amistad, cuya poesía está marcada por la ocupación marroquí, la guerra y el exilio. En definitiva, nos acercó no sólo a la literatura si no también a toda una filosofía de resistencia y lucha a través del arte.

Fue ella quien dio paso a Luali Lahsen, poeta de la Generación de la Amistad, parafraseando las palabras del prólogo de la antología poética Um Draiga, escritas por Antonio Polo: “Mírenle directamente a los ojos, luego esperen que la pulpa fresca de su sonrisa deje paso franco a sus palabras.” Así fue como entramos en el viaje de una vida. Luali leyó una pequeña, pero impresionante, autobiografía que nos dejó a todos los presentes con la lágrima muy cerca de la comisura de nuestros párpados. Después nos regaló algunos poemas, poemas que resbalaban por su voz con la dulzura y la fuerza de su pueblo. No era sólo él quien nos hablaba, eran todos los saharauis pasados, presentes y futuros quienes exigían, a través de sus poemas y los de otros compañeros de la Generación, Verdad, Justicia y Dignidad. Era magia la energía que brotaba de su mirada, esperanza la que demostraba con la elegancia y fuerza de su expresión. Y sí, la pulpa fresca de su sonrisa y la franqueza de sus palabras nos contrajeron el corazón para después abrirlo, al paso del siroco, que dejará para siempre en nosotros La arena de sus huellas. Y con el tacto de Las manos, terminó este viaje por la poesía de las palabras, de las miradas y de la esperanza.

Tras la intervención abrumadora de Luali, Israel terminó por volcar toda nuestra rabia en lágrimas con un poema* de Ali Salem Iselmu sobre los últimos acontecimientos… para dar paso a la presentación del audiovisual de Vicente Pérez Belda, “La mirada de un pueblo”.

Habló, en primer lugar, el Delegado saharaui de la provincia de Alicante, Uali Mojtar Ahmed Salem, quien expresó su dolor por la extrema violencia marroquí hacia su pueblo, condenando a la Comunidad Internacional por su silencio y expresando su agradecimiento al pueblo español por su solidaridad.

Tras él, Vicente Pérez Belda, a quien no sé si llamar fotógrafo o poeta de las imágenes. Nos aseguró que se expresaba mejor con la luz, y no defraudó… su viaje fotográfico a través de un día cualquiera en los campamentos de refugiados de Tindouf no dejó a nadie indiferente. Es más, me atrevería a decir que todas y cada una de las personas de la sala caminamos por el desierto y nos enamoramos del calor, de la belleza y de las miradas de este pueblo exiliado en la hammada; perfectamente reflejado todo ello en un audiovisual que duró 30 minutos, pero que bien podríamos estar viajando a través de él toda la noche. No eran sólo imágenes lo que estábamos viendo en la pantalla, eran sentimientos. Tenían la hermosa capacidad de emocionarnos. Un reflejo de libertad, la sonrisa de un niño, la mirada de una mujer mayor…

Quiero expresar en nombre de todos los compañeros de ASOUA la enorme gratitud que sentimos hacia Dulcinea, Luali, Uali y Vicente por regalarnos su tiempo. Esperamos que ésta no sea la última vez.

ASOUA (Asamblea por el Sáhara Occidental de la Universidad de Alicante).

* Lágrimas

Ya no tengo lágrimas,
he dejado de sentir el dolor
me invade la impotencia
y la rabia es mi única razón

Nos han rodeado
con minas y alambradas
con arena e intimidación
han impedido el paso
a los testigos
a los informadores
y nos han declarado la guerra.

No tenemos armas
ni somos un batallón.

Solo somos
mujeres, niños y ancianos
que queremos la libertad.

Ayer, hoy y mañana
Agdaym Izik
será la vergüenza,
de los que no hablaron,
ni miraron
ni condenaron,

Han preferido el silencio,
un silencio incómodo
que terminará
acabando
con el crimen
de su complicidad.

Ali Salem Iselmu, poeta saharaui.